Lobo blanco, tigre blanco

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Un buen amigo, mago del caos también y conocido entre otros nombres como Gaueko, es un bastardo (dicho desde la pura envidia) capaz de proyectar su voluntad de una manera intuitiva e instantánea. Uno de entre sus logros fue el de soñar lúcido a voluntad. Mientras muchos de nosotros nos peleamos con pruebas de realidad, aplicaciones de móvil o ejercicios de control de la fase hipnagógica él fue capaz de, tumbándose una noche, recitando “es mi voluntad soñar lúcido” y proyectando su voluntad, conseguirlo instantáneamente. Allí empezó toda una serie de aventuras oníricas que le llevaron a explorar los confines de su mente y de la realidad.

En una de éstas consiguió entrar en contacto con lo que parecía ser una especie de entidad trinitaria que identificó como un daimón, un espíritu guía que se mostró primero con un semblante de serpiente. En esta manifestación el espíritu le mantuvo en un tira y afloja que parecía destinado a entrenarle aún más en el manejo de su voluntad y en su capacidad de confrontar influencias externas. Mientras tanto, en una especie de lejanía onírica, había dos manifestaciones más esperando su momento.

Tras meses de una interacción no siempre agradable pareció que las pruebas del daimón serpiente estaban superadas y Gaueko decidió que era el momento de llamar a la segunda manifestación, un ser lupino.

Uno de los lugares favoritos de Gaueko, al que podríamos calificar de forma simplista como un blackmetalero oscuro de cojones, es un edificio abandonado en medio de un bosque. He estado allí con él y el lugar es opresivo, tenebroso y hostil. Salvo cuando se practica magia en él. En esos momentos parece abandonar su hostilidad y abrir un claro que contempla con cierta curiosidad y complicidad lo que ocurre en su interior.

Gaueko decidió que ése era el sitio idóneo en el que llamar a la segunda manifestación de su daimón. Reunidos unos pocos bajo la luna llena aullamos para atraer a ese ser. Y vino. Llegué incluso a notar el tacto de su pelaje mientras pasaba entre nosotros y su poderosa naturaleza de macho alfa. Mantuvimos la calma y la concentración hasta que sentimos que el ritual estaba completo y paramos. En ese momento todos nos dejamos llevar por la excitación e inmediatamente comenzamos a interrogarnos unos a otros. ¿Qué es? Un lobo, sin lugar a dudas, y que te marca en corto. ¿De qué color? Blanco. Gris. Gris plateado. Todos orbitamos alrededor de la misma idea, y todos gozamos del placer de haber obtenido prácticamente la misma información sin haber especulado juntos antes.

A partir de ese momento podíamos sentir, cuando nos concentrábamos, la presencia del macho alfa más o menos próxima, y siempre cerca una cantidad variable de lobos de pelaje más oscuro a nuestro alrededor, como si de espíritus guardianes se tratara. El gris plateado estaba claramente ligado a Gaueko, pero extendió a todos los participantes la protección de los demás lobos. Por si quedaba alguna duda ése ser nos confirmó que éramos parte de una manada.

Poco a poco esa manada fue expandiéndose para incluir a nuestros amigos más queridos y a nuestras parejas, hasta el punto de que desarrollamos un juego. En cualquier momento y circunstancia uno de nosotros podía mirar con cierta picardía a otro de los miembros de la manada y preguntarle “¿cuántos y dónde?”, a lo que tras concentrarnos podíamos señalar cuántos lobos tenía el sujeto en cuestión a su alrededor, su ubicación y su actitud. Normalmente Gaueko tenía más cerca el lobo gris que el resto, y no he visto bajar de tres el número de lobos que nos acompañan a cada uno.

Aparcaremos aquí de momento la historia de Gaueko.

 

Ya he comentado en la descripción del blog que mi mayor interés en este momento es lo que llamo “desjoderme”, es decir, abandonar el abatimiento y la impotencia de una larguísima depresión. Para ello decidí acudir tras una crisis a una psicóloga a la que definiré, otra vez de una forma simplista, como considerablemente jipi. Fue una maravilla dar con una persona que parece tener los pies en el suelo lo suficiente como para poder acumular herramientas para vivir en nuestra realidad consensual, a la vez que está abierta a todo tipo de prácticas de las calificadas como “alternativas”.

Una de estas prácticas es el chamanismo moderno. Por su carga histórica y connotaciones de sobrenaturalidad le resulta poco conveniente practicarlo con la mayoría de sus pacientes, así que tener un mago del caos en la silla de la consulta le ofrecía la posibilidad de disfrutar de ello.

Como introducción a ésto un día, de forma aparentemente aleatoria y mientras me miraba con ojos como los que pone quien está esperando a que el otro termine de hablar porque ha tenido un momento de iluminación y desea decirlo, me preguntó “¿sabes algo de panteras?”. Fruncí el ceño extrañado y respondí que no, que nada en absoluto. Me animó a buscar información sobre ellas. A lo que le dediqué la friolera de cinco minutos en Google antes de pasar a otra cosa. El tema quedó ahí por un tiempo hasta que en otra sesión me preguntó “¿sabes cuál es tu animal de poder?”. Ni la más remota idea. A continuación me preguntó si quería probar con un poco de chamanismo.

Por supuesto que sí, joder.

Me dijo que normalmente era ella la que entraba en trance y describía al paciente lo que veía. Como me veía medianamente conocedor del tema de los trances y las convocaciones me invitó a ser yo el que hiciera el viaje.

No creo que hubiera aceptado hacerlo de otra manera, quería experimentarlo por mí mismo.

Siguiendo sus instrucciones accedí a mi mundo interior, donde se supone que debería estar esperándome mi animal de poder. Tenía miedo de que mi animal fuera algo ridículo o tópico, así que mi sorpresa fue mayúscula cuando me encontré con una viuda negra de un metro de altura mirándome de frente. Ligeramente intimidado le pregunté si era mi animal de poder. Me respondió con un contundente sí, pero la sensación que quedó en mi interior era de completa desconfianza. Repetí la pregunta y esa vez la respuesta fue un claro no. Entonces márchate, le pedí, a lo que procedió con un tableteo rítmico de sus ocho patas. Tras ella había un ser que era como un tigre, solo que más grande y con la piel acebrada, blanca y negra en vez de naranja y negra. Era más fuerte que un tigre normal, su mirada era fiera y rayos de electricidad azul recorrían su cuerpo despeluchado. Era imponente. A su lado había una versión en miniatura, más parecida a un elegante lince que al fiero tigre blanco y que parecía ser el mismo ser. Le pregunté a este ser dual o cambiante lo mismo que a la araña, a lo que la respuesta fue un sí seguido de una sensación de confianza y seguridad dentro de mí. Esa majestuosa criatura parecía ser mi animal de poder.

Cuando salí del trance le conté todo el viaje a la psicóloga, que me pidió si podía dibujar al animal. Teniendo aún problemas para manifestar mi creatividad en esos momentos sin oleadas de angustia le dije que no, pero que podía intentar hacer una fotocomposición digital porque me sonaba haber visto algo similar a ese ser en algún sitio.

Ya en casa me senté ante el ordenador y me pregunté de qué me sonaba. Comencé a buscar ilustraciones del Warcraft III por si era la montura de un héroe o similar pero no encontré nada de primeras. Dando vueltas a cómo localizarlo pensé que si ponía simplemente “tigre blanco” en el buscador quizá encontraría algo parecido. Obviamente mi ignorancia me impedía saber que ese ser de hecho existe y que su albinismo es contrario al de la mayoría de animales, ya que lo que permite es conservar un gen que los hace más grandes y fuertes. Y para más inri el género en que se clasifican los tigres es panthera. Como suele ocurrir con la magia las casualidades se encadenaban de una manera aparentemente significativa, simbólica o narrativa. En forma de sincronicidades. Fantástico, me encanta ese juego.

 

Ahora aparcaremos mi historia y saltaremos a un día en el que el sol brillaba en un cielo azul poco común por estos lares. Gaueko y yo decidimos aprovechar ese raro evento y salir a despejar nuestras cabezas congestionadas dando un paseo por el parque cercano. Hablamos, andamos y nos sentamos en un banco, donde seguimos cómodamente con nuestra conversación. En ese momento recordé nuestro juego de los lobos. Cortando la conversación le miré y pregunté “¿Cuántos y dónde?”.

Gaueko aceptó y se concentró para “encender” su percepción de lo invisible. Levanta la vista, me mira con una ligera condescendencia y me dice “Hacen falta más lobos ¿eh?”. Fantástico, eso era que había sentido menos presencias a mi alrededor de lo habitual, y yo sentía sólo la de mi tigre blanco.

“Prueba otra vez.”, le invito.

“Joder”, dice, “está muy cabreado.”.

“No”, le respondo, “no está cabreado, es feroz. Es el tigre que te dije.”.

“¡Joder, es verdad, tenía una sensación felina!”.

 

De momento y en espera de futuros experimentos consideraré ésto como una señal de que ese ser está a mi lado, más allá de que cada vez que me concentro lo siento cerca, y que con los ojos de mi mente puedo interactuar con él. Podría ser tan sólo una ilusión de mi cerebro, pero de momento es útil y reconfortante en este complicado camino de salida del ánimo depresivo.

 

Y además se cabrea mucho cada vez que siente que estoy regalando mi libertad y mi libre albedrío a otros. Me gusta este animal.

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